Obras ganadoras del concurso #MicroRelatosEnCasa


Primer premio:

LA LAVADORA, Julia Frago

Cuando Laura llegó a casa, se encontró que la lavadora había terminado. Se encendió el primer cigarro de la mañana, o el último de la noche. La ropa de Abel estaba dentro. Húmeda y viva. Más viva que el propio Abel.

La decisión de qué hacer con la ropa le resultó la más difícil de todas. Más difícil que reconocer el cadáver y pronunciar un “sí, es él”. Más difícil que decidir si enterrarlo o incinerarlo.

¿Debería tender la ropa? ¿Qué sentido tenía ahora? Pero no podía dejarla ahí dentro. Abel había preparado la lavadora cuando aún vivía y la ropa había quedado dando vueltas dentro, ajena a la desgracia de su dueño.

No podía sacarla, meterla en una bolsa y deshacerse de ella. Aquello era borrar los recuerdos de Abel demasiado rápido. Pero las prendas ya no tenían su aroma. Solo olían a detergente de oferta del súper.

Laura sacó delicadamente cada prenda y la colgó en el tendedor exterior con el mayor cariño posible. Sus lágrimas regaron la ropa, para que permaneciera viva.

 

 

Segundo premio:

DOÑA CAMILA DE LOS OLVIDADOS, María Jesús Otín

Escucha desde el alfeizar el silencio que ya no producen los niños al jugar pero se contenta con el canto de los pájaros que no olvidan cada amanecer.

Recuerda cuando era niña y soñaba con un corcel sobre el que cabalgaba y alcanzaba las estrellas para iluminar los tristes ojos de su madre.

Y a Marcial, con sus zapatos nuevos y su camisa almidonaba. Aquel pecoso de cabellos panocha que le regalaba flores silvestres en la puerta de la iglesia cuando aún vestían calcetines cortos.

Y una noche, al robarse el primer beso, le regaló la luna. Esa luna que la mima cada noche antes de dormirse, la que viene desde arriba para arroparla y susurrarle sueños bellos que olvida por la mañana.

Marcial es, cree ella, quien cabalga en el caballo grisáceo, entre las estrellas. Por eso mira al cielo cada noche, para ver cómo le guiña un ojo. Aquí. Allí. Sonríe, sintiendo ese cosquilleo de hormiguitas trepando por su tripa. Entonces piensa que si tuviera un enorme pájaro podría volar hasta ahí, reunirse con él y contemplar juntos el mundo rendido a sus pies. Se conforma con el tiempo que no vendrá.

Esas garzas que anidan en su cabeza no la dejan pensar mas aún le viene aquella historia de las grullas que Marcial le contaba cuando compartían gajos de cebolla con sal. Hace tiempo que no ve garzas. Alguna tórtola que se posa en los cables de la luz y esos descarados gorriones que picotean sus plantas. Piensa que Marcial se ha cansado de escribir. Decía que son las letras del cielo y solo unos elegidos comprenden. Le enseñó a descifrar cada letra, cada dibujo…

La llaman  Loca.  Pero ella es doña Camila, la abuelita del tercero que recuerda y sueña pero, a veces, olvida.

 

 

Tercer premio:

EN PANTALLA, María José Pellejero

Su rosto se asomó a la pantalla de mi ordenador. El semblante de angustia, las palabras entrecortadas, escuetas, con miedo. Enjutas sus mejillas, blanqueadas por el bello de varios días sin rasurar.

Era lo que alcanzaba la pantalla. Pero imaginaba su cuerpo menudo, las manos huesudas del tiempo vivido. Las piernas inertes desde aquel fatídico día que…

No, no quiero recordar. Duele. Duele tanto que ahora mientras escribo la sangre sale a borbotones por mis ojos. Si, la sangre, las lágrimas en este caso, son mera metáfora del sentimiento que oprime mi latido.

Lo único que aclara esa nebulosa roja que baña mi retina es la escasa luz, del brillo de unos ojitos pequeños de tanto mirar, tanto vivir, tanto soñar. Que escudriñan el horizonte de una pantalla buscando esa cara familiar, ese rostro salvador en la distancia, ese acercamiento aún en la lejanía.

Cuando reconoce mi rostro, con orgullo le dice al auxiliar que mantiene el ordenador cerca de su rostro: es mi hija mayor.

Y yo, su hija mayor, no puedo reprimir el sentimiento de no poder coger esos dedos huesudos e infundirle un poco de mi calor, de no ser capaz de  traspasar la pantalla y besar los surcos de su piel, de no estar preparada para recitarle versos que hablen de su pueblo, sus nietos y biznietos. De no poder trasmitirle el cariño de su gente, de sus amigos de la partida, de todo y de todos.

El tiempo pasa y hemos de cerrar, hay que volver a ponerle la mascarilla de oxígeno, pero os aseguro que el oxígeno se lo ha dado la visión a través de la pantalla de su hija mayor y el recuerdo de los suyos.

Gracias nuevas tecnologías. Que en casos así, nos acercan a quienes están ya partiendo.

Un pensamiento en “Obras ganadoras del concurso #MicroRelatosEnCasa

  1. Fue un auténtico placer poder participar, compartir ideas, sueños e ilusiones, y contribuir de algún modo a que las cosas se vean de otro modo.
    Os felicito por la iniciativa y deseo no sea la última.
    Felicidades extensivas a todos.
    Mi cariño.
    María.

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