Una historia de amistad

theater-432045_1920.jpgEn 1984 conocí a un señor que tenía un quiosco en el entorno del Teatro Fleta de Zaragoza. Yo vivía en la calle de al lado y me hice tan amigo de esta persona, que me ofrecí a ayudarle.

Por aquel entonces, yo me tomaba una medicación después de cenar que me hacía dormir muchas horas, hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Y cuando me despertaba, dejaba a mi madre y bajaba al teatro.

Yo le pedía a mi amigo que se encargara de hacer mi compra de comida en el mercado, y a cambio yo me quedaba en el puesto de periódicos.

Después de comer, volvía a bajar y, ya por las tardes, ofrecíamos palomitas, almendras, cacahuetes, chocolatinas, y otros dulces a los espectadores.

En el  Fleta  había tres sesiones: a las cinco, a las siete y a las nueve de la noche. Nosotros nos quedábamos  hasta las nueve, que es cuando recogía todo el tenderete.

Me acuerdo que él me llevaba 15 años y yo le llevaba 15 años a su hijo. Sus hijos, por cierto, venían a visitarle los sábados y domingos.

Mantuvimos esta estrecha relación hasta el año 1995, cuando se jubiló.

Fernando

Anuncios