Eterna primavera

Hoy es el calor, mañana será el frío, dentro de mí siempre procuraré la primavera. Siempre procuraré que no me afecte el dichoso cambio climático.

Tengo miedo de que una nevada destruya esa cosecha de sueños, de proyectos, de buenas intenciones. Una nevada oscura,  propia de los glaciares, de los circos y lenguas heladas, que consume mi alma.

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Hoy es primavera, y como tal, crecen las flores y el campo está verde. El amanecer se hace más llevadero. Quizá llegue esa tormenta, que ponga un color gris en mi mirada, pero hará que tras ella llegue el arcoíris. Parece que ya caen las hojas. El otoño ha llegado y con él la pesada carga de la realidad diaria. Una mañana más, de un despertar más. Estaciones que pasan, que se llevan un pedacito de ti, que dejan sensaciones y momentos inolvidables.

Llegó la hora y recojo todo lo sembrado en época de cosecha.

Siempre, primavera dentro de mí.

Pedro

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Lo que aprendí mientras jugaba

empty-swing-3647300_1920Cuando yo era niño jugaba a ministros contra ladrones, a marro, al burro, al futbol, etc. En cambio, ahora  los niños juegan con el móvil, a video juegos, al ordenador. Estas tecnologías antes no estaban inventadas.

En la época de mi niñez, me acuerdo que cuando salíamos del colegio, unos amigos y yo, nos íbamos a la calle Royo de Zaragoza, a jugar a hacer carreras simuladas ciclistas, con chapas de refrescos.

Construíamos con clarión en el suelo de la calle una especie de etapas, para ver quién llegaba a la meta primero con su chapa (pues en la calle Royo, entonces, no pasaban coches). Estábamos tranquilos jugando a las carreras simuladas, de ciclistas con nuestras chapas.

Lo que aprendí con esto fue la amistad que manteníamos, lo bien que nos llevábamos todos los que jugábamos.

Fernando Pérez

Miedo, desconocimiento y falta de información

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¡Qué feliz era!

Tenía una pareja de amigos en los que confiaba plenamente y consideraba unas personas íntegras… Era divertido tomar algo los domingos en un bar donde el tiempo pasaba con mucha rapidez. Nos veíamos, hablábamos, se relataban temas que nos parecían interesantes.

Resultó que, sin previo aviso  para ellos, me ingresaron, mi marido no les comentó nada, pues le resultaba un momento difícil: ¡una enfermedad mental!

 Miedo. Ignorancia. Invisibilidad. Una sociedad que no ve la realidad del problema.

Ya recuperada, decidimos volver a quedar después de dos meses y pico.

Mi intuición me permitió notar que el comportamiento de ellos no era el mismo. Pasaron varios fines de semana y no sabíamos nada. Ante la extrañeza y, siendo como soy, una persona hipersensible, me tomé la libertad, sin contar con mi marido, de enviar un mensaje, en primer lugar a ella, mi amiga. Noté frialdad, falta de conversación…

En mi explicación comenté mis sensaciones y pedí perdón por si algo les había ofendido, pues no era mi intención.

Al momento, llamó él, tranquilizándome y diciendo que para nada llegase a pensar lo que les decía. Aquello me dio tranquilidad, a los dos los quiero y pensé que volvería a ser lo mismo…

Los fines de semana me queman totalmente, los pasamos visitando a mis padres, ya mayores y enfermos. Cómo recuerdo el respiro que para mí era aquella amistad. Digo “aquella” porque no sé nada de ellos.

Temo cómo trata mi problema esta sociedad,  temo  a la prensa, la televisión, las noticias que, muchas veces, son alarmantes y encuentro falsas. Siento que quizás el distanciamiento por su parte sea el resultado del miedo, del desconocimiento y de la falta de información.

Es tan desagradable el modo en que se habla de los problemas de salud mental en este país (no sé si en otros…).

¿Fue esta la causa?

Hay que ser fuerte, tener resiliencia.

Pero aquellas charlas, las risas, la satisfacción completa… ¿Qué pasó  y porqué?

Nancy Rubia