El caballo, un animal especial

horse-1401914_1920El caballo es un animal de hermoso aspecto, que puede ser de distintos colores.

Además, es dócil y alegre.

Me encantaría montar a caballo por una playa salvaje.

Los niños disfrutan con los caballos y, además, les sirve de terapia ante muchos problemas.

Yo pienso que es importante conocer el carácter del animal si te vas a montar en él, aunque, en general, si lo tratas bien, este animal te lo devuelve con cariño.

A los caballos se les educa para que obedezcan al jinete.

El saber montar a caballo aporta muchos beneficios a las personas. Yo creo que te puede dar serenidad y seguridad en ti mismo y al cuidarlo, puedes mejorar tu sentido de la responsabilidad.

En definitiva, yo creo que la relación que se establece entre caballo y jinete es especial.

Isabel Garde

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La primavera, una estación especial

bee-104628_1920La primavera se caracteriza por ser una estación del año en la que florecen las plantas, haciendo que los campos se vistan de gala y los bosques y montañas ofrezcan multitud de colores.

Me gusta esta estación porque nos invita a disfrutar de la naturaleza y se oye el canto de los pájaros, lo cual es muy agradable.

Es una época del año en la que se pueden hacer actividades al aire libre, como senderismo y montañismo.

En primavera la naturaleza transmite alegría y paz, por eso la considero la mejor estación del año.

Isabel Garde

Recordando los campamentos de verano

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Hace mucho tiempo, cuando era un niño de 11 años, mi padre me apuntó, junto a mis hermanos, a unos campamentos  que organizaba Acción Católica al terminar el curso en el colegio.

El primer año de campamentos fuimos al valle de Rioseta, una zona dependiente del Río Aragón, a  pocos  kilómetros  de Canfranc (Huesca).

Antes de ir, teníamos  que vacunarnos contra varias enfermedades.

En los campamentos era importante seguir las normas. Podíamos llevar en la mochila  dos mantas, ropa interior, ropa deportiva para poder  mudarnos, bañador, alimentos como embutidos, leche condensada, etc.

Nos alojábamos en tiendas de campaña en las que cabíamos seis personas. Había un jefe por cada tienda, que era un adolescente de entre  16 y 18 años.

Todos los días nos bañábamos en el río. Por la noche hacía  mucho frío y teníamos  que dormir  con las dos mantas.

El día comenzaba despertándonos  a las siete  de la mañana, y nos hacían hacer  unos ejercicios de gimnasia. Desayunábamos, hacíamos  excursiones, comíamos  sobre  las 14 horas… Luego, teníamos  que estar  en la tienda  descansando; después, merendábamos, y más, tarde, cenábamos. Tras la cena, hacíamos fuego con la leña que habíamos cortado durante el día.

Nos hacían ordenar  la tienda de campaña, y el jefe de campamento premiaba a la tienda más limpia con el banderín  de la organización, que lo tenía puesto durante todo el día.

Yo terminé el campamento a los 15 días, pero mis hermanos, algo más mayores, se quedaron 15 días más.

La experiencia fue tan enriquecedora para la familia, que volvimos a ir de campamentos dos veces más, a distintos destinos.

Fernando Pérez