¡Qué feliz era!
Tenía una pareja de amigos en los que confiaba plenamente y consideraba unas personas íntegras… Era divertido tomar algo los domingos en un bar donde el tiempo pasaba con mucha rapidez. Nos veíamos, hablábamos, se relataban temas que nos parecían interesantes.
Resultó que, sin previo aviso para ellos, me ingresaron, mi marido no les comentó nada, pues le resultaba un momento difícil: ¡una enfermedad mental!
Miedo. Ignorancia. Invisibilidad. Una sociedad que no ve la realidad del problema.
Ya recuperada, decidimos volver a quedar después de dos meses y pico.
Mi intuición me permitió notar que el comportamiento de ellos no era el mismo. Pasaron varios fines de semana y no sabíamos nada. Ante la extrañeza y, siendo como soy, una persona hipersensible, me tomé la libertad, sin contar con mi marido, de enviar un mensaje, en primer lugar a ella, mi amiga. Noté frialdad, falta de conversación…
En mi explicación comenté mis sensaciones y pedí perdón por si algo les había ofendido, pues no era mi intención.
Al momento, llamó él, tranquilizándome y diciendo que para nada llegase a pensar lo que les decía. Aquello me dio tranquilidad, a los dos los quiero y pensé que volvería a ser lo mismo…
Los fines de semana me queman totalmente, los pasamos visitando a mis padres, ya mayores y enfermos. Cómo recuerdo el respiro que para mí era aquella amistad. Digo “aquella” porque no sé nada de ellos.
Temo cómo trata mi problema esta sociedad, temo a la prensa, la televisión, las noticias que, muchas veces, son alarmantes y encuentro falsas. Siento que quizás el distanciamiento por su parte sea el resultado del miedo, del desconocimiento y de la falta de información.
Es tan desagradable el modo en que se habla de los problemas de salud mental en este país (no sé si en otros…).
¿Fue esta la causa?
Hay que ser fuerte, tener resiliencia.
Pero aquellas charlas, las risas, la satisfacción completa… ¿Qué pasó y porqué?
Nancy Rubia